Santuario de San Ignacio de Loyola

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Azpeitia es un municipio de la provincia de Guipúzcoa en el País Vasco (España), perteneciente a la región de Urola Costa, con una población aproximada de 16000 habitantes. Es un pequeño y hermoso pedazo de tierra habitado por Dios. Pero, ¿es eso todo lo que describe a Azpeitia o hay algo más que hace a esta pequeña localidad vasca aún más especial y extraordinaria?

Este es el lugar de nacimiento de San Ignacio Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, también conocido como jesuitas. Nació en 1491, comenzó su viaje como soldado, pero finalmente terminó siendo fiel siervo de Dios y fundó una congregación que hoy sirve a la humanidad y está difundiendo el Evangelio en todo el mundo.

Cada año, miles de turistas y peregrinos visitan el santuario de San Ignacio de Loyola situado en un pequeño pueblo de Azpeitia llamado “Loiola”. Hoy nos gustaría explorar el lugar de nacimiento de este santo que ha dejado una profunda huella en la humanidad a través de su amor por el Señor y profunda espiritualidad. Vamos a sentir juntos la presencia del Señor y su Espíritu Santo en el Santuario de San Ignacio de Loyola.

Bienvenidos al corazón del Santuario de San Ignacio de Loyola, “La Santa Casa”. La Santa Casa es el cubo de 16m x 16m. Aquí nació Iñigo López de Loyola y en ella se convirtió a Dios a sus 30 años de edad. San Ignacio es el fundador de la Compañía de Jesús, los Jesuitas; y el autor del libro de los Ejercicios Espirituales.

En cuanto a la construcción: la mitad inferior, toda de piedra, casi privada de ventanas y las paredes son de 2m de espesor. La mitad superior, de ladrillo, con numerosas ventanas y siguiendo el estilo mudéjar. Es una reconstrucción realizada en 1460, por el abuelo de Iñigo, Don Juan Pérez de Loyola.

Este grupo de bronce, evoca el momento en que Iñigo de Loyola, herido gravemente en la defensa del castillo de Pamplona llega a su casa natal. Hay tres estatuas como esta en toda España. La original está en Manresa. Del mismo bronce, pero posterior se hizo la de Loyola. Y hay otra en Pamplona, que hasta hace 3 años, tenían una de hierro, pero le quitaron la cabeza a uno, al otro parte de la pierna, etc. Entonces, se quitó y hace 2 años y medio, se puso una de bronce, igualita que las anteriores.

En esta planta baja se pueden contemplar las 7 troneras, una vieja bombarda, los 4 recios pilares centrales, etc. Un curioso mapa cuajada de torres rojas y azules, muestra el territorio guipuzcoano de los Señores feudales, llamados Parientes Mayores. Divididos en 2 bandos irreconciliables: los OÑACINOS (las casas de torres rojas): Eran el linaje de Oñaz con los Loyola. El abuelo de Iñigo era el jefe de este bando. Y éstos defendían el linaje de Oñaz. Y los GAMBOINOS (las casas de torres azules): Eran el linaje de Gamboa.

Enrique IV, rey de Castilla, da la razón a las villas, destierra a algunos nobles (entre ellos el abuelo de Iñigo), y ordena desmantelar sus fortalezas. La lápida que vemos en el suelo, al lado del cañón, nos cuenta que entre los años 1717 – 1867, se les enterraba aquí, a los jesuitas que fallecían.

Antes del año 1990, la Santa Casa estaba dividida en 12 capillas diferentes. Pero en este año 1990, los jesuitas de la comunidad, tuvieron un enorme problema con las termitas, que se comieron casi todo el interior. Entonces, se vieron obligados a restaurar toda la Casa por completo. Por lo cual, se quitaron todas las capillas, excepto dos, que todavía existen, son la Capilla familiar u oratorio de la Santa Casa, y la Capilla de la Conversión.

En ésta parte de la casa, se encontraba, la Capilla de la Inmaculada. Empezaron a quitar, dicha capilla, y es cuando apareció ésta cocina, que es la original. En esta cocina, padres e hijos, amos y criados, convivían en torno al fuego del hogar. Sobre todo, aquí se iban transmitiendo la cultura colectiva familiar y sus valores. Alrededor de esta cocina se encontraban las habitaciones de la servidumbre.

El grafito de una nave (pintado en la pared), la maqueta naval, y la carta de todos los puertos marítimos de Europa, que se encuentra en la otra pared, nos recuerda, por un lado, la vocación itinerante y marítima de los Oñaz y Loyola. Y, por otro lado, nos recuerda que, el hermano mayor de Iñigo de Loyola, Martín García de Oñaz, era marine, y participó en el segundo viaje de Cristóbal Colón a América. De hecho, uno de los barcos que se utilizó para realizar dicho viaje, fue armado con hierros de las ferrerías de los Loyola.

E Iñigo, ¿a dónde iría a parar? En 1508 fue enviado a la villa de Arévalo. A sus espaldas, en la parte superior de la columna tienen su escudo. El Señor de esta casa, Don Juan Pérez de Cuellar, Contador Mayor de Haciendas de Castilla, había pedido al padre de Iñigo, Don Beltrán de Loyola, que le enviase alguno de sus hijos para que él lo iniciase en la corte. Allá estuvo hasta el año 1517, ya que en este año falleció Don Juan Velázquez de Cuéllar. Entonces Iñigo por relanzar su carrera de gentilhombre, se trasladó a la corte del Duque de Nájera, Virrey de Navarra, Don Antonio Manrique de Lara.

En esta vitrina iluminada, nos encontramos con la maqueta de la ciudad de Pamplona en 1521. Ella nos evoca la presencia de Iñigo en Navarra, en la defensa del Castillo de Pamplona, a favor del ya emperador Carlos V, contra un ejército enviado por Francisco I de Francia. El primer día del asedio, 20 de mayo, Iñigo resultó gravemente herido en ambas piernas por una bala de artillería. Los mismos contrarios, lo vieron en tan crítica situación que decidieron ayudarle, y traerle a su casa Natal a curarse. Este viaje duró 15 días.

En esta estancia en la que nos encontramos, era la habitación de la Señora de Loyola, Doña Marina Sánchez de Licona. Aquí dio a luz en 1491 a su último y undécimo hijo, Iñigo. Doña Marina, falleció cuando Iñigo solamente tenía 7 años. Entonces la persona que dependió de la educación de Iñigo y la que hizo el papel de madre de Iñigo, fue su cuñada Doña Magdalena de Araoz (esposa de Martin García de Oñaz, y amiga y dama de honor de Isabel la Católica).

Este Oratorio o Capilla familiar, es el segundo lugar más venerable de la Santa Casa. El retablo gótico flamenco está dividido en 2 partes: Parte superior: Grupo de la Piedad. Parte inferior: A su izquierda, Santa Catalina de Alejandría; A su derecha, Santa Catalina de Siena; y en el centro: La tabla flamenca de la Anunciación. Obra del francés Jean Prevost. Y es un regalo de bodas de Isabel la Católica a su ahijada y dama de honor Magdalena de Araoz, cuñada de Iñigo.

Este salón de honor era la estancia de representación, destinada a las principales ocasiones y a los huéspedes más importantes. Pero lo que más importancia tienen, son estos dos libros que están expuestos en la alacena/librería. Son la Leyenda de los Santos y la Vida de Jesucristo, en castellano. Llegarían a manos de Iñigo durante la convalecencia. Entre sus páginas le esperaba Dios.

Este último piso, en tiempos de Iñigo estaba destinado a las habitaciones de los hijos de la familia y a los huéspedes. Iñigo, cuando vino malherido de Pamplona, fue aposentado en su habitación (en el ángulo nordeste de la planta), donde está la estatua de Iñigo sentado, con un libro en la mano. Las vigas del techo son las que él contemplaba. Y sobre todo las ventanas son aquellas por las que se asomaba de noche a mirar el cielo y las estrellas. En esta habitación es donde Iñigo fue operado repetidas veces, y en la que estuvo a punto de morir.

Para distraerse pidió libros de caballerías, pero como su cuñada, Magdalena de Araoz, no encontró ningún libro de este estilo en la casa, le dejó otros: La Vida de Santos y una Vida de Cristo. Aquellas lecturas fueron abriendo ante Iñigo como un nuevo mundo. Porque empezó a preguntarse si no podría hacer también él las cosas que habían hecho los Santos. Poco a poco se fue convirtiendo en algo nuevo y distinto: Dios va enamorando a Iñigo e Iñigo se va enamorando de Dios. Más aún: Iñigo se rinde, se entrega a Dios. Como está escrito sobre la viga de madera del techo: AQUÍ SE ENTREGO A DIOS IÑIGO DE LOYOLA. Y como para sellar esta entrega, recibe aquí mismo una visitación de la Virgen, por ello fue colgada en esta Capilla de la Conversión una imagen de la Virgen de Aránzazu, porque es el primer Santuario que visitó Iñigo después de su Conversión. Ya que Iñigo, después de convertirse, quería seguir los pasos de Jesús y empezó a peregrinar.

En Montserrat, Iñigo confiesa sus pecados, abandona sus vestidos de caballero, y emprende una nueva vida de penitente y de peregrino hacia Cristo. En la noche del 24 al 25 de marzo de 1522, colgó ante la Virgen de Montserrat su espada, y vela durante toda la noche. Al cabo de un año, Iñigo logró llegar a Jerusalén, aunque muy a su pesar no consiguió quedarse allí para siempre. Iñigo, durante los primeros años de su conversión, irá desarrollando un método, que en el futuro se llamará Ejercicios Espirituales.

En la segunda planta se encuentra la exposición de dioramas que representan en acentuada perspectiva tras sus vitrinas, los momentos más significativos de la vida de San Ignacio de Loyola.

Si la Casa Santa es el corazón interior del santuario de Loyola, la basílica es el exterior. Destacada en el centro de la gran fachada del edificio del Real Colegio, está dominada por su gran cúpula y precedida por un amplio pórtico de tres vanos al que se sube por una gran escalera. El barroco dominante toma en el pórtico la variación churrigueresca llenando con multitud de adornos sus paredes.

La Casa de Austria fue la impulsora de la construcción del santuario, pero éste se realizó bajo la dinastía de los Borbones. Por ello sobre el pórtico se ubica un gran escudo de los Borbones. Bajo el techo en el pórtico se hallan las estatuas de San Ignacio, San Francisco de Javier, San Francisco de Borja, San Luis Gonzaga y San Estanislao de Kostka.

El templo se inauguró en 1738 y se consagró en 1888 y 1889. Como testigo de esas consagraciones hay dos lápidas a ambos lados de la puerta principal. El templo del santuario de Loyola fue declarado basílica menor en 1921 por el papa Benedicto XV.

El altar mayor Es de estilo Churrigueresco, diseñado por Ignacio Íbero en mármol, flanqueado por dos grandes columnas salomónicas.

Destacan el templete de exposición del Santísimo y la estatua de plata de san Ignacio de Loyola.  Se complementa el altar con las imágenes de san José y san Joaquín.

Hay otros seis altares más dedicados al Corazón de Jesús, a la Virgen del Patrocinio, san Francisco Javier; san Francisco de Borja; san Pedro Claver y san Alonso Rodríguez, estos cuatro últimos santos jesuitas españoles.

Al lado del Santuario existe el centro de la espiritualidad Cogarte Etxea.

Al este del santuario, detrás de la basílica, se extienden los jardines privados del mismo. Un parque de 25 hectáreas de uso privado para la comunidad y usuarios de los centros de espiritualidad.

Forma parte de los jardines el cementerio del monasterio, que se sitúa en la ladera del monte Erlepater. En el año 2000 se acondicionaron varios caminos y se colocó un monumento de bronce, obra del Antonio Oteiza, que recuerda la peregrinación al Santuario de Aránzazu de un Ignacio de Loyola ya convertido.

Desde 2003 se ha venido ornamentando el jardín con diferentes elementos que estaban almacenados en el santuario, como columnas similares a las del altar mayor y pilas de agua bendita.

Todo ello forma un conjunto integrado en un exuberante paraje natural donde abundan árboles típicos de la región, como hayas y robles.

La vida de San Ignacio de Loyola nos muestra un gran ejemplo sobre cómo rendirnos ante el Señor y vivir de acuerdo a su voluntad. El camino que Ignacio recorrió buscando la gloria del Reino de Dios, la vida sencilla y humilde que llevó, la forma en que sirvió a los pobres y vulnerables deja una pregunta en nuestra mente; ¿Estamos también cumpliendo el propósito de la vida que Dios ha establecido para nosotros? Al salir del santuario de San Ignacio de Loyola, restauremos nuestra relación con el Señor y recordemos que estamos aquí para cumplir Su voluntad y no la nuestra. ¡Viva San Ignacio de Loyola!  Amen.

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